A mí me enseñaron que para vender había que dar buena imagen. Y resaltar las ventajas de tu producto y defender el valor de tu trabajo, tu tiempo y el de tus compañeros. Y no mentir al cliente jamás. Y quien me lo enseñó es un maestro de las ventas con más mili que Alatriste, y con más éxitos.

Hoy llamamos Estado al Rey y al Clérigo, que nunca temieron ni al intelectual ni al artista. Siempre temieron al agente de cambio, al que se salta sus normas impuestas, sus trajes invisibles, sus fronteras. El que confronta la carestía en primera línea sin atropellar a nadie, y, fíjate si será cabrón, que lo mismo va y le cuenta a los súbditos que en otros lugares algo es diferente, que tienen cosas diferentes y hacen las cosas de forma diferente. El poder sigue temiendo al mercader, a sus ferias, a su búsqueda de lo que hay más allá, para traer lo que puede vender aquí o para vender lo que puede llevar.

El tal Jesucristo era amigo de darle al César lo que es tuyo y a Dios lo que eres tú, pero los mercaderes del templo lo ponían bastante nervioso. Grandes enseñanzas bíblicas.

Hoy me lo recuerda, tras una mañana de trabajo comercial, un bonito toque de atención de David, una reivindicación del acto de vender en muchos aspectos.

Vender requiere coraje. Coraje para ser firmes en nuestra honestidad, para no dudar del valor del trabajo de nuestra comunidad y de nosotros mismos. Vender nos exige ser virtuosos.

En un entorno en el que “comerciante” y “mercader” son descalificaciones, mientras “político” tiene aún acepciones positivas, hacen falta muchos textos así. Y ya venimos un tiempo empeñados en que el campo de batalla es el mercado.

Y por último, amigos, un pequeño concurso. ¿Cual de estas dos imágenes representaría al estado, y cual al mercado?

No hay premio, pero el que no acierte se gana un capón.

Imagen 1

Imagen 1

Imagen 2

Imagen 2