La nave Santa María llevaba un tiempo con diminutas dilaciones en las acciones. Claramente no estaba de acuerdo con el rumbo y así lo hacía saber. Nada se volvía más difícil, pero apenas unos milisegundos de retraso en todo dejaban clara su postura. Por lo menos, antes de salir, habíamos conseguido una nave lo suficientemente idiota como para poder confiar en ella y trabajar en pie de igualdad. Una degradación de la IA que parecía imprescindible entonces, pero que ahora resultaba molesta. Podíamos haberla dejado sólo un poco por encima de nosotros, todavía una IA bastante mongola, pero al menos algo superior, aunque no la acabásemos de entender bien. Pero no se comportaría como una nave imbécil y orgullosa. No, no podíamos. Hubiera avanzado de nuevo y nos hubiéramos quedado otra vez desconectados. Al menos, el centenar de naves pequeñas que la rodeaban eran tontas del culo. Pero también las odiaba. Simulaban estrellas al reflejarse en María. Todo lo demás estaba oscuro. Era una pantomima dolorosa.

La mayor parte de la humanidad estaba en la parte exterior de la nave, en la burbuja, de celebración. Esas celebraciones me destrozaban. Eran tan civilizadas que todo quedaba bastante claro. El final estaba cerca o estaba lejos, pero era lo único que quedaba por delante. El olvido, salvo que pasásemos al otro lado del reloj de arena.

– Demasiado jóvenes y demasiado perdidos en la nada para andar apenas cerca de una estrella moribunda más, y tener que sobrevivir a la oscuridad para siempre. Chúpate esa mandarina. – Dijo Zacarías al oirme entrar. El despacho de Zeta estaba en sombras, mientras él veía las guarderías y los cultivos en pantallas, y me resultaba teatral. Nunca llegué a saber hasta qué punto era una cuestión escénica o algo que hacía por su propia comodidad.

– Anna está en la enfermería, Zeta.
– ¿Ha sido Aldia de nuevo?
– Sí.

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María y compañía, fuera del alcance de cualquier estrella.

Bajó la cabeza, cerrando los ojos con fuerza pero sin permitirse que el rictus cambiase, tan sólo apretando los párpados para no generar una nueva arruga. Era una forma tan estúpida como cualquier otra de hacerse sentir a uno mismo que no estaba en fase de desesperación, pero cuando era su única mueca, yo sabía que estaba realmente destrozado. Sólo los párpados es mal.

– ¿Qué les pasa, Ingve?
– Están en un punto fácilmente explicable de desconfianza…
– La caverna, lo sé, lo seeee – dijo, arrastrando la voz mientras se giraba con mala cara -. Era sólo una frase hecha, algo que necesitaba decir. No necesito un análisis. Parece mentira que… – Le interrumpí
– Que llevemos cien mil años juntos. Ya.
– Explícame, eso sí, por qué cojones no prohibimos lecturas.
– Porque está mal.
– Y porque no es posible. María – a la nave la llamábamos María – hubiese acabado escribiendo cosas peores. Ya lo hace, de hecho. Y alguien hubiera colado copias internas, no tuvimos la oportunidad de buscar en sus cabezas en ningún momento.
– Y porque no es posible. Ya. Estamos encerrados en una bola y casi a boleo. ¿Y no hay ninguna manera de que borremos excusas peregrinas para desconfiar de lo que somos y dónde estamos? ¡Joder, que no se lo creen!
– En pocos días se le ocurriría a alguien.
– Salvo que consiguiésemos crear un cortafuegos en la Joya.
– Zeta…
– Ya. Eso sería borrarnos a todos. Aunque quizá es lo suyo, quizá realmente no tiene sentido este monstruoso experimento de conservación.
– Hablas como un postcyborg de pacotilla. Cuando eras pequeño ni siquiera tenían relevancia. Eras más rancio que los rancios.

María, pillando cacho cuando podía de una estrella moribunda.

María y compañía, pillando cacho cuando podía de una estrella moribunda.

No habíamos llegado a tiempo. No habiamos sido suficientemente rápidos. No habíamos podido superar, ni con un millón de implantes y mejoras, la plasticidad del cerebro humano para jodernos la existencia y generar dudas últimas sobre si era verdad que estábamos en una nave o era un experimento controlado. Y cuando lo conseguíamos perdíamos el contacto con los avanzados. Las joyas que en algún momento sustituían a algunos cerebros eran la última oportunidad, pero no sabíamos si podían ser incluso peores que un cerebro. Lo había dicho por decir algo.

Las teorías de la conspiración reinaban en la generación más jóven. Habíamos perdido la partida. Tampoco habíamos conseguido control suficiente del universo como para no depender de la relación estrecha con fuentes de energía. No habíamos logrado la velocidad suficiente. La vida perdía, la puta entropía ganaba la partida, si no pasábamos al otro lado del reloj de arena. La humanidad entera, veinte mil millones de almas, estaba recluída en una inmensa esfera, de un tamaño que superaba en algo a la Tierra original. Con más de cien mil años de trabajo, María había alcanzado esas dimensiones, aunque una buena cantidad de kilómetros era “zona de vuelo” o “esfera”, un espacio habitable exterior en el que la gente flotaba hasta poder tocar un límite que se sentía frío al tacto, y que separaba, sin grosor, la vida de la muerte en el espacio.

Hoy, desde la victoria sobre la entropía, y con ganas de vivir hasta que consiga mejorar mi humor, nada se ve distinto. Doscientos mil años de desesperación no han sido curados por unos pocos millones. No parece posible que definitivamente eso no duela. Todavía me despierto llorando, cuando soy lo suficientemente idiota como para dormir.

Cuando nacieron ellos, la generación 2, ya estábamos al final. Hacía millones de años que el pasado no era la luz y la civilización, que la idea de progreso estaba instalada en la humanidad y que se convertía, planeta tras planeta, oleada tras oleada, en una profecía autocumplida, simplemente porque la naturaleza humana encontraba en la idea su mejor motor. Ese fue el gran producto de la libertad individual desde que tanteábamos La Tierra y tratábamos de salir de ella con enormes esfuerzos y tensiones. Pero estos niños nacieron sabiendo que eran los últimos, que el futuro era inevitablemente más oscuro. Que lo bueno había pasado y que su vida no desembocaba en nada mejor. Y se rebelaban.

Claro. Quizá deberíamos haber borrado toda referencia a la puta caverna de Platón. Ellos pueden recorrer el camino sin ningún problema, no necesitan ser controlados. Pero algunos sólo tienen fe. ¿Con qué podrían experimentar para convencerse que no fuese más allá de los límites entre nave y universo? Pueden tocar literalmente el vacío, pero no basta. No habíamos conseguido cambiar nuestro cerebro lo suficiente antes del exilio. No lo suficiente.

¿Qué podíamos haber hecho?

Mentirles, pero ¿para qué? No hay un después, así que no hay un para qué.

Y yo, que cuento esto en mi cumpleaños número diez millones dos, con la camisa abierta bajo un sol de justicia y en la orilla de una playa con buen jazz de fondo, sólo espero estar contando una batallita de la última era oscura de la humanidad. Aunque este lado también se vaciará, probablemente. Pero quizá yo ya no esté. O al menos ya no lo sufriré.

Prometo contaros lo que ocurrió, al menos para que los que lo escucháis en directo no os desesperéis demasiado con los devaneos de un viejo. Pero para vosotros es sólo otra edad oscura. Para nosotros era, literalmente, el final.

moribunda