“Los honorables”, les llamaban. Como apodo. Unos de buenas, otros con sorna, muchos con envidia o miedo. La filé Klar hacia honor a su nombre y era una de las más extrañas en origen. Tenía casi 8000 miembros, separados en grupos de 30 personas como máximo, por casi todo el mundo. Fue el resultado de mezclar una comunidad teki de Larvik, en Noruega, – formada por el hijo de un armador e inspirada en una comuna canaria muy poblada a finales de los 20 – con un invento diabólico y maravilloso, que atrajo hacia ellos a los más extraños comuneros. Muchísimos criminales, budistas reciclados, potentes intelectuales y gente rara en general. Daba eso lugar a comunidades tremendamente pintorescas con las más variadas capacidades y apuestas de mercado.

El invento no fue un salto tecnológico, pero aprovechó la revolución en neurociencia, materiales, electrónica y software de finales de los 20 en algo que muchos pensaron previamente, con lo que incluso muchos fantasearon, pero que ellos sacaron de los laboratorios, diseñaron, perfeccionaron y ofrecieron, por vez primera, en abierto y a pecho descubierto: el casco Klar. Un casco con auricular y lentilla (que emitía y recogia información), con un micro pegado a la boca (después se lo implantarían todo) que te conectaba, a la vez, a todos los cascos Klar que hubiesen a la vista, con 50 km de alcance. ¿Qué transmitían esos cascos? Tu voz, lo que veías y… Tus pensamientos. Es más: tus sensaciones, reacciones más profundas que las microexpresiones. Mapas cerebrales traducidos en señales añadidas por todo tu campo de visión y sensorial, destellos, sonidos de todo tipo e incluso intrusiones eléctricas que te transmitían sensaciones importantes. Ese casco hace que lo que pasa en tu cerebro (tanto lo más cognitivo como lo más profundo) sea simultáneamente emitido por tu casco a los demás, en tiempo real.

Intentaron sacar el producto al mercado, y no vendieron ni diez unidades, pero el crowdfunding previo fue un éxito arrasador. ¿Qué ocurrió después? Que lo implementaron ellos. Permanente y obligatoriamente, no como un juego. Basaron el desarrollo de su filé en que comunidades de, como mucho, 30 individuos – más no resultaba provechoso, porque la capacidad de cada uno se aprovechaba en ese punto de forma óptima – formasen empresas, muchas de ellas de inteligencia pública y consultoría, explotando económicamente y quedándose con todo lo más granado de la clientela mundial, estados incluídos. Gente de todo el mundo se sumó, creando pequeños grupos que fueron creciendo, mezclándose y escindiéndose, con el elemento aglutinador más bestia que cualquier filé tenía. Y, aunque no eran la filé más masiva, desde luego eran numerosos. Y potentes. Había quien no quería negociar con ellos si no se quitaban el casco. La compenetración era acojonante de ver. Y el casco, difícil de aprovechar al máximo.

Eso les convertía en lo más parecido sobre la tierra a un súper cerebro. Sin casco (o implante, que muchos de estos zumbados llevaban) podías escucharles hablar sin entender nada, aunque hablasen en tu idioma de cosas completamente mundanas y conocidas. Básicamente, porque a cada palabra y cada gesto acompañaban una comunión total de pensamientos, valoraciones, disposiciones… Joder, es difícil de explicar sin el casco puesto.

Y si quieres, como yo quería, hablar con ellos en serio, tienes que llevarlo. La que nos ocupa no era mi primera vez, pero ni era un experto en su uso ni estaba precisamente acostumbrado a ser absolutamente transparente en un entorno de personas transparentes. Aunque debo reconocer que a los pocos minutos, ya en la primera experiencia con Alf, un amigo que se unió pronto a ellos, la sensación de calma y emoción era impresionante. Casi adictiva. Y la primera vez que pasé unos días con ellos fueron increíbles.

Me puse el Klar y dije el nombre al que quería llamar, seguido de la palabra clave obvia y un poco de ayuda sacada del grupo de inteligencia.

– Adolfo, Klar. Sito en Isla Bouvet. Copia a CAR Lanzarote. Guarda en cadenas propias de 50 a 100.

Me recosté en la silla. Al principio de la comunicación, incluso a distancia, el mareo y la confusión eran inevitables.

– Adolfo, necesitamos vuestra ayuda – le dije, en cuanto le vi sonreir y vi, a la vez, la sinceridad de la sonrisa. Inmediatamente, el miedo, más allá de la preocupación, al leerme a mí, sin haber dicho una palabra. Sonreí y visualicé nuestras fortalezas, para que viera clara la actitud.
– Si has avanzado suficiente en el manejo, no habrá problema. La deuda sigue ahí.
– Pues voy in person.
– Ya me contarás esos avances, puesto que sabes donde estoy. – El casco me transmitía una imagen de su cara, pero no vídeo, sino una reconstrucción, porque además llevaban sensores implantados. Pero no me transmitía su localización, de eso me había enterado aparte por los de inteligencia.
– En Isla Bouvet, sí.
– Ya me dirás cómo habéis avanzado tanto.
– Voy a toda prisa, Alf. Cuenta horas, no días. En cuanto baje del avión… entenderás…
– Claro que entenderé – dijo, con una sonrisa amable y con la comprensión de mi inexperiencia. – Recibo algo ya. Poco. Y no parece adecuado para volar por todo el mundo, cazable.
– Prepara algo rico.
– No te preocupes, ahora tenemos buffet y cocineros buenos y rápidos de la comunidad, implantados.
– Qué lujo.

No habían despedidas con ellos, se sentían. Me quité el casco y me levanté, casi a la carrera, hacia el hangar, dispuesto a llegar cuanto antes a la definición misma de un sitio a tomar por culo.

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