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Normalmente, cuando leo que se “cosifica” u “objetiviza” a alguien, casi siempre dejo de leer. No es que no me importe que la gente reciba imágenes con características difíciles e insanas de emular. Lo padezco, de hecho, en cierta medida. Pero, en cualquier caso, hablar de que una imagen en una revista “impone” algo es raro. Algo “objetivizado” es algo convertido en objeto, y entiendo que antes, para ello, debió ser un sujeto. Una persona “cosificada” es una persona a la que se ha convertido en cosa. Pero el problema es que los seres humanos, incluso para otros seres humanos, son objetos cosificados, sexualizados y objetivizados hasta que “se demuestre lo contrario”. O nos explotaría la cabeza de empatía.

En cierta medida el equilibrio entre que los demás sean objetos sexuales y que al mismo tiempo los consideremos nuestros iguales es lo que ha permitido que yo esté escribiendo esto. No nacemos con los principios de la ilustración puestos, ni con el humanismo se entienda como se entienda; y si bien es cierto que cuando conocemos a alguien, si tenemos un mínimo de madurez, lo valoramos de forma más o menos integral por sus actos y no por su pertenencia a una etnia o su sexo, no es menos cierto que ante de cruzar una palabra con él, el mero hecho de verlo tiene consecuencias en nuestro cerebro.

Si una mujer bella me propone un mal acuerdo, me resultará más difícil descartarlo y decir “no”. No porque tenga intención alguna de acostarme con ella, sino porque mi cerebro ya considera eso y funciona de forma diferente. Es sólo un ejemplo de cómo ciertas cosas van por defecto, y lo que más valoramos de nuestro trato con otros cuesta esfuerzo, se aprende y se construye. Lo único que puedes hacer es enseñar a un niño a convertir en sujetos a los demás, sujetos con derecho a no ser agredidos, sujetos a los que se debe tratar como uno quiere ser tratado y de los que se consiguen cosas ofreciéndoles algo a cambio, empezando por el trato. Incluso con un adulto es lo que se puede hacer.

Y esto viene a que sí me preocupa eso que comentan de cómo personas a las que quiero se ven afectadas por los cánones de belleza que se usan en cine y publicidad. Pero si empezamos la casa por el tejado se va a caer siempre, siempre, siempre.

No hay nada más poco práctico ni más desastroso que una mala teoría.