Así de claro lo tengo esta mañana.

Clarinete, estimados míos los unos, enemigos otros, intrascentendes muchos. Clarinete no sólo que el objetivo es mejorar las vidas de personas concretas, con nombre y apellidos y motes, y que es eso lo que mueve mi tecla, mis pies y mis hachas. Es que sé quiénes son.

Personas libres, personas mías, personas a las que pertenezco con esa Libertad omnipresente, esa provisionalidad que convierte el que sean “Mías” en pronombre con mayúscula y alcanza a dar sentido al sustantivo “Los Míos”. Cada línea que leo y escribo, cada vez que dejo la mirada perdida, cada mierda que descargo, cada plan o apuesta que hago, cada acuerdo que cierro, cada vez que retrocedo y vosotros sabéis que estoy cogiendo carrera… Tiene objetivos reales y tiene ya un sustento real. Y es ese. Ellos.

En estas esferas de decisión para la acción ando, a pesar de los muchos errores, las interminables listas de tropiezos, los errores defendidos y abandonados y los que me quedan, los miles de arrepentimientos y las pocas victorias que, esas sí, se mueven en el tiempo conmigo hacia delante.

Pienso hacer bellas casas habitables despedazando la gran pirámide. No digo “incluso” despedazándola, ni tampoco “despedazándola si es necesario”. Digo que quiero derribarla, hacerla desaparecer hasta que sólo quede un solar. Un solar en el que poner un jardín que explique la lírica de aquello que no se puede emprender sino desde la épica. Que la puñetera pirámide sea un mal recuerdo que me siga enseñando, pero no pueda seguir persiguiéndome.

Bien dice Miguel que habrá que fumarse un par de cigarrillos mirando las casas hechas durante el proceso.

Pero, si me da la vida, me hincaré una pinta de Beamish en ese jardín.

Los aesires reflexionando sobre lo aprendido con y a través del viaje.

Aesires reflexionando calmos sobre lo aprendido con y a través del viaje.